Gracias a Dios, fui criado en una familia católica y de Buenos principios, en donde la honradez y las buenas costumbres era prácticamente una obligación. Hoy en día estoy más que satisfecho por la educación que recibí, pues me llena de orgullo saber que lo que tengo es producto de mi propio esfuerzo, y eso más que con las palabras, se aprende con el ejemplo.
Mi papá ocupó el puesto de gerente de ventas en una importante empresa del país en los años 70. Me contó una vez que siempre recibió muchas ofertas por la izquierda para que le agregara más materia prima en la venta y no lo facturara, ó para que le diera prioridad a un pedido para que salga más rápido. Me dijo que nunca aceptó ni un solo centavo, y siempre trató de ayudar a sus clientes con las compras en la medida que sea posible y que esto no interfiriera con las normas de su trabajo. Muchos le reclamaron por “pendejo” porque pudo conseguir un buen dinero y darle a su familia una mejor posición, pero su respuesta fue: “Tal vez seré pendejo y quizás no podré darle una vida de lujo a mi familia, pero el día de mañana nadie podrá decirle a mis hijos que su papa fue un ladrón”.
Y así fue, años después cuando decidió renunciar de la compañía, la otra persona que ocupó el puesto accedió a todas esas ofertas por debajo de la mesa; pero hoy le dicen a sus hijos “ellos tienen dinero, pero eso fue por todas las marrullas que hizo su papa”. En cambio, a mí me han detenido personas en la calle que cuando me preguntan: “¿Usted es hijo de Otto Martínez?” y cuando les respondo que sí me dicen “Permítame darle la mano, y decirle que su padre fue un hombre honrado y un hombre serio”. Esas palabras, valen mucho más que toda la fortuna que mi papa pudo haber conseguido, la verdad es que me llena de un orgullo enorme cada vez que me encuentro con algún conocido de mi papa y me dice lo mismo.
Hago esta anécdota, porque hoy en día los valores y las buenas costumbres ya no importan. Recortándome el otro día donde mi barbero, veo que se estaciona en frente un Honda Accord del año, con unos tremendos aros y un equipo de música que se puede escuchar a varias cuadras. Cuando se abre la puerta, para mi sorpresa se desmonta del vehiculo un muchacho conocido del barrio, que hace un par de años atrás lo único que hacia era jugar basketball en la cancha, pues había dejado los estudios. Entra a la barbería, no a recortarse, si no a conversar con los barberos y la gente que estaba ahí, transcribiré una de las conversaciones casi exactamente como las escuché textualmente, por ende habrán palabras mal dichas:
Tipo: Dímelo chamaco
Barbero: Aquí, ya tu ve’ trabajando pa’ la comía. ¿Y esa maquinita?
Tipo: Na, tu sabes que toy en buena ahora. También compre una laptop y un “iPol” pa conetalselo al carro.
Barbero: Montro, ¿y tu sabe brega con to esa baina?
Tipo: No, pero eso e lo que ta de moda y to el mundo lo ta’ usando. Gaste par de miles de dolares en esa baina. Depue encuentro quien me enseñe a usarlo.
Es obvio que este muchacho no consiguió dinero para comprar su vehiculo, equipo de música, laptop, iPod (que ni siquiera sabia pronunciar) trabajando decentemente. A mi no me interesa realmente cómo el haya conseguido dinero para eso, lo que me da rabia es cómo él va a llenarle los ojos este muchacho que esta trabajando decentemente recortando para ganarse la vida; eso no se hace, matarle las ilusiones y esperanzas a aquel que se levanta con el sol de la mañana a buscar la comida de su familia, e incitarle a que haga lo mal hecho, pues es la única forma de conseguir dinero fácilmente.
Como dije anteriormente, me siento muy orgulloso de salir cada día y ganarme la vida honradamente; salir cada día en mi carro modelo 89 un poco viejo y sin aire acondicionado, pero mío; dormir tranquilamente cada noche con mi abanico KDK, y no trasnocharme en un aire acondicionado pensando que alguien me esté buscando para arrancarme la cabeza; salir y caminar libremente sin el temor de que una bala atraviese mi cabeza cobrando venganza. Nosotros los humanos morimos como vivimos, y la única herencia que podemos dejarle a nuestros hijos, más que cualquier posición económica, es la decencia, la honradez y los buenos valores; nunca olvidemos eso.





