Allí estaba yo sentado, suspirando al ver la tarde caer, y al mirar el cielo, pensé en ti, pensé si te volvería a ver otra vez. Pero te fuiste, y me aseguraste que esta vez era para siempre, y yo, guiado por mi maldito orgullo de macho no te detuve. Como quisiera dominar el tiempo y regresar a aquel instante, tomarte por el brazo, besarte y que olvidaras todo el rollo y nos diéramos otra oportunidad.
De pronto, el timbrar del teléfono rompió en un segundo mi suspiro. Al descolgar el teléfono, no podía creer lo que mis oídos escuchaban: era tu voz dulce y suave que me pedía un encuentro. No sé qué fue lo que provocó esa llamada 6 meses después de aquel día, pero no quise averiguar. De inmediato me puse en marcha lleno de ilusiones, de deseos de verte y tenerte entre mis brazos, y acudí a nuestro encuentro.
Estabas allí sentada en el mismo lugar que te conocí, tan inocente y bella, tan tú, toda perfecta. Me acerqué a ti y antes de que pudiera decirte una palabra, me plantaste un beso que me dejó sin aliento, y me dijiste bien bajito al oído que querías ir a un lugar en donde podrías expresarte por completo, en cuerpo y alma. Accedí a tu petición, y ya cayendo la noche llegamos a mi apartamento.
Entramos, me besaste y lentamente desnudaste mi cuerpo con tu boca. Podía sentir como la vibración de tu piel estremecía todo mi cuerpo. Te detuve contra la pared, entonces fui yo quien te recorrió de pies a cabeza con mis besos. Entonces, ya estábamos que reventábamos de pasión, y me amaste una y otra vez con una sed de calor insaciable que no parecía satisfacerse nunca.
Fue una ardiente noche de verano, no sé si lo soñé ó tan solo lo imaginé; pero aun espero el timbrar del teléfono con tu llamada anunciando nuestro encuentro, para poder entregarte todo este amor y la pasión que todavía llevo dentro.





Esto Me Acaban de Decir