Cerré mis ojos, y por unos segundos todo era negro. Pero, luego de unos instantes, comencé a ver cosas, aún con mis ojos cerrados. Estaba todo tranquilo, todo calmado y pensé algo y milagrosamente ocurrió: pude flotar, pude elevar mi cuerpo y dirigirlo a donde quiera que enfocaba mi mente. Entonces, sali de mi tranquilidad a ver el mundo y todo lo que sucedía.
Luego, entre las multitudes empecé a buscarte y sucedió: te vi. Aún no sé si estabas allí o si fue mi mente que te transportó a aquel lugar. Estabas radiante, como siempre, y pude apreciarte en tu entorno, pude tener la dicha de mirarte sin saber que estabas siendo observada, de verte actuar naturalmente y apreciar, aparte de tu belleza, la dulce simplicidad de tus actos.
No quise interrumpirte y partí hacia otro lugar, no recuerdo bien donde era pero solo se que había paz y podía sentir un gran calor humano, aunque no podía ver a nadie. Entonces, de repente me di cuenta que no tenia que ver a nadie, pues ya sé de donde provenía tanta paz y tranquilidad.
Regresé al lugar de donde había partido, y luego de ponerme en la posición inicial que estaba, la visión se puso negra y de repente abri mis ojos y todo estaba como lo deje. Fue increíble, pues a pesar de haber hecho tan largo viaje, mi reloj me decía que había transcurrido menos de un minuto.
A veces, cuando estas agobiado, cuando tienes estres, cuando tienes problemas; simplemente cierra tus ojos y deja que tu mente te guíe a ese lugar que hace tiempo no visitas. Creeme, funciona.



Esto Me Acaban de Decir