En el colegio, las materias más fuertes como sociales, física, química y otras; eran regularmente impartidas por profesores que eran bien fuertes, esos de los que solamente hacían entrar al aula y aunque hubiese un desorden descomunal, en unos segundos como por arte de magia todo el mundo se callaba y se sentaba bien alineaditos.
En mi caso, hubo una excepción con mi maestra de química que se llamaba Divina, la cual era un alma de Dios. Mis compañeros y yo, acostumbrábamos reírnos de todas las travesuras que le hacíamos a divina, pero ahora me pongo a pensar y realmente lo que me da es pena, pues pienso que nosotros nos pasamos un poco con ella, y abusábamos de su ingenuidad.
En ocasiones cuando tocaba la hora de química, inmediatamente llegaba el cambio de hora cerrábamos todas las ventanas y la puerta del aula con seguro. Cuando Divina llegaba tocando la puerta, le boceábamos “no es aquí” y veíamos por la ventana entreabierta cómo ella se pasaba la hora pasando aula por aula para confirmar donde estaba su supuesta aula extraviada.
En los días que no estábamos por tomar clases, nos inventábamos que había un bajo en el curso y salíamos despavoridos ante la supuesta emanación de gases de uno de los alumnos, y decíamos que no íbamos a entrar al curso hasta que no se fuera el bajo. En eso se iba la hora y nosotros barajando en el pasillo.
Otra cosa que hacíamos, es hacernos que no entendíamos un tema para que ella lo explicara repetidamente y llegara el cambio de hora sin tiempo de dejar ninguna tarea ni ningún trabajo. Esos tiempos nunca vuelven y aunque disfrutábamos la travesura, hoy lamento mucho no haber apreciado la enseñanza de la profesora Divina.





